Tu amor es grande hasta los cielos
Los salmistas reconocen que son espiritualmente pobres y que no tienen nada bueno para ofrecer a Dios; es decir, que no tienen nada en sí mismos que los recomiende ante el santo Trono de Dios (Sal. 40:17). Entienden que, como todos nosotros, necesitan gracia, la gracia de Dios.
En resumen, necesitan el evangelio.
Los salmos subrayan el hecho de que la gente depende de la misericordia de Dios por completo. Afortunadamente, la misericordia de Dios es eterna, como lo demuestran la Creación de Dios y la historia del pueblo de Dios (Sal. 136). Ante el Dios eterno, la vida humana es tan efímera como la hierba, pero Dios se compadece de los seres humanos y renueva sus fuerzas (Sal. 103:3, 5, 15), y en él tienen la promesa de la eternidad.
El pueblo de Dios se consuela con el hecho de que el Señor es fiel a su Pacto. Las súplicas del pueblo, aunque a veces sean apremiantes, suelen estar llenas de esperanza, porque se dirigen a su compasivo Padre celestial (Sal. 103:1; 68:5; 89:26). Las nuevas experiencias de la gracia y el amor de Dios fortalecen su determinación de adorar y servir a Dios; a nadie ni a nada más.
Sábado 10 de febrero
Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no te tardes. Salmo 40:17.
Que no os desanime vuestra gran necesidad. El Salvador de los pecadores, el Amigo de los que no tienen amigo, con una compasión infinitamente mayor de la que tiene una madre tierna por un hijo amado y afligido, nos invita: “Mirad a mí y sed salvos”. Isaías 45:22. “Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. Isaías 53:5.
Existe el peligro de no hacer un asunto personal de las enseñanzas de Cristo, de no recibirlas como si se nos dirigieran personalmente. Jesús se dirige a mí en sus palabras de instrucción. Puedo apropiarme de sus méritos, su muerte, su sangre purificadora, tan plenamente como si no hubiera otro pecador en el mundo por quien hubiera muerto Cristo
(A fin de conocerle, p. 282).
Aprenda constantemente de Jesús, aumente siempre su fe y crezca en la gracia y en el conocimiento de la verdad… [E]l Señor es nuestro ayudador y nuestro escudo. Los ángeles de Dios están empeñados en esta obra de proclamar al mundo el mensaje de amonestación. Nosotros mismos nada podemos hacer. Sin el Espíritu del Señor somos tan débiles como el agua. Nuestra fuerza consiste en ocultarnos en Jesús. Sea Cristo el muy amado y señalado entre diez mil
(Cada día con Dios, p. 58).
No debes sucumbir al desaliento. El corazón débil será fortalecido; el abatido tendrá esperanza. Dios cuida tiernamente de su pueblo. Sus oídos están abiertos a su clamor. No tengo temores por la causa de Dios. Él cuidará de su causa. Nuestro deber es cumplir con nuestra parte, en nuestro lugar, y vivir… con humildad al pie de la cruz y ser fieles, viviendo píamente delante de El. Al hacerlo no seremos avergonzados, sino que nuestras almas confiarán en Dios con santa osadía…
Mi corazón está determinado en su confianza en Dios. Tenemos un Salvador poderoso. Podemos regocijarnos en su rica plenitud. Anhelo ser más devota y consagrada a Dios. Este mundo es demasiado oscuro para mi. Jesús dijo que él iría a prepararnos mansiones, para que donde él esté nosotros también podamos estar. Alabado sea Dios por esto. Mi corazón salta de alegría ante la gozosa perspectiva…
[M]ientras percibimos el maravilloso amor de Dios, no nos quedaremos quietos, sino que ofreceremos a Dios un sacrificio de agradecimiento y haremos canción a su nombre con nuestros corazones y voces. Pongamos nuestros pies sobre la Roca de la eternidad, y allí obtendremos apoyo y consuelo permanentes. Nuestras almas descansarán en Dios con una confianza inconmovible (Reflejemos a Jesús, p. 343).
Salmo 136 convoca al pueblo de Dios a alabar al Señor por su misericordia revelada en la Creación (Sal. 136:4-9) y en la historia de Israel (Sal. 136:10-22). “Misericordia” (en hebreo hesed, ‘amor inalterable’) transmite la bondad y la lealtad de Dios hacia su Creación y hacia su pacto con Israel. El salmo muestra que el inmenso poder y la magnificencia de Dios se basan en su amor inquebrantable.
El Señor es el “Dios de los dioses” y “el Señor de los señores”, un modismo hebreo que significa “el Dios más grande” (Sal. 136:1-3), no porque haya otros dioses, sino porque él es el único Dios.
Los grandes prodigios del Señor, que nadie más puede imitar, son la demostración innegable de su dominio (Sal. 136:4). Dios creó los Cielos, la Tierra y los cuerpos celestes, que los paganos adoran (Deut. 4:19). Sin embargo, los salmos despojan de su autoridad a los dioses paganos y, por extensión, a toda fuente de seguridad humana. Son meras cosas creadas, no el Creador; una distinción fundamental.
La imagen de la mano fuerte y del brazo extendido del Señor (Sal. 136:12) resalta la eficacia del poder de Dios y el gran alcance de su misericordia.
La misericordia de Dios en la Creación y en la historia debería inspirar a su pueblo a confiar en él y a permanecer fiel a su Pacto. El estribillo “porque su amor es para siempre” se repite 26 veces en este Salmo para garantizar a los fieles que el Señor no cambia y repetirá sus favores pasados con cada nueva generación. Dios se acuerda de su pueblo (Sal. 136:23) y es fiel a su Pacto de gracia. La creencia en la misericordia perdurable del Señor está en la base de la fe bíblica, que incluye la adoración jubilosa y la confianza, así como la contrición y el arrepentimiento.
Salmo 136 (vers. 23-25) concluye con el cuidado universal de Dios por el mundo. La misericordia de Dios se extiende no solamente a Israel, sino a toda la Creación. El salmo habla así de la universalidad de la gracia salvífica de Dios y exhorta al mundo entero a sumarse a Israel en alabanza al Señor (ver también Luc. 2:10; Juan 3:16; Hech. 15:17).
Domingo 11 de febrero
Esta mañana mi alma está llena de alabanza y agradecimiento a Dios, de quien proceden todas nuestras bendiciones. El Señor es bueno, y su misericordia es eterna. Alabaré al que es la luz de mi rostro y mi Dios. Él es la fuente de toda eficiencia y poder. ¿Por qué no lo alabamos hablando palabras de esperanza y consuelo a otros? ¿Por qué están silenciosos nuestros labios? Él habla es un don del cielo, y debería emplearse para expresar alabanza al que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable.
¡Oh, cuánto bien se realizaría si todos los que profesan ser cristianos honraran a Dios!… La luz del mundo brilla sobre los hombres en la forma de abundantes bendiciones. Se han hecho todas las provisiones necesarias para suplir nuestras necesidades temporales y espirituales. Sin embargo, ¡cuán pocas acciones de gracias recibe el Dador!
(A fin de conocerle, p. 221).
Dios quería demostrar a los israelitas que no podían atribuirse la conquista de Canaán. El Capitán de las huestes de Jehová venció a Jericó. Él y sus ángeles estaban implicados en esa victoria. Cristo ordenó a los ejércitos del cielo que derribaran los muros de Jericó y prepararan así una entrada para Josué y los ejércitos de Israel. Dios, mediante este maravilloso milagro, no solamente fortaleció la fe de su pueblo en su capacidad de subyugar a sus enemigos, sino que los reprendió por su anterior incredulidad.
Jericó había desafiado a los ejércitos de Israel y al Dios del cielo. Y cuando contemplaron la hueste de Israel que marchaba alrededor de su ciudad cada día, sus habitantes se sintieron alarmados. Pero contemplaban sus poderosas defensas, sus muros elevados y sólidos, y se sentían seguros de que podrían resistir cualquier ataque. Pero cuando sus poderosos muros de repente se resquebrajaron y cayeron con un estrépito semejante al de un fortísimo trueno, quedaron paralizados de terror y no pudieron ofrecer resistencia
(La historia de la redención, p. 185).
Dice el salmista: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje ni palabras, ni es oída su voz” (Salmo 19:1-3)… Todas esas maravillas de los cielos tan solo están haciendo la obra que les ha sido señalada. Son los instrumentos de Dios. Dios es quien vigila la marcha de todas las cosas, así como fue su Creador. El Ser Divino se ocupa en sostener las cosas que ha creado. La misma mano que sostiene y equilibra las montañas en su posición, guía los mundos en su misteriosa marcha alrededor del sol.
Apenas si hay alguna función de la naturaleza a la que no encontremos una referencia en la Palabra de Dios. La Palabra declara que “hace salir su sol”, y hace descender la lluvia. Mateo 5:45. “Hace a los montes producir hierba”. “Da la nieve como lana, y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; … enviará su palabra, y los derretirá; soplará su viento, y fluirán las aguas” Salmo 147:8, 16-18 (Mensajes selectos, t .1, pp. 345, 346).
El rey David derrama su corazón ante el Señor para pedir el perdón de los pecados durante los momentos espiritualmente más oscuros de su vida (2 Sam. 12). El perdón es el extraordinario don de la gracia de Dios, el resultado de “tu inmensa ternura” (Sal. 51:1). El rey David apela a Dios para que lo trate no conforme a lo que merece su pecado (Sal. 103:10), sino conforme a su carácter divino; es decir, su misericordia, su fidelidad y su compasión (Sal. 51:1; Éxo. 34:6, 7).
El perdón divino implica algo más que una proclamación legal de inocencia. Produce un cambio profundo que alcanza lo más íntimo del ser humano (Sal. 51:6; Heb. 4:12). Produce una nueva creación (Sal. 51:10; Juan 3:3-8). El verbo hebreo bará, traducido como “crear”, describe el poder creador divino (Gén. 1:1). Solamente Dios puede bará; únicamente Dios puede producir un cambio radical y duradero en el corazón de la persona arrepentida (2 Cor. 4:6).
David pide purificación con hisopo (Lev. 14:2-8; Sal. 51:7). Siente que su culpa lo mantiene proscrito de la presencia del Señor, del mismo modo que el leproso está proscrito de la comunidad mientras dura el estado de impureza (Sal 51:11). Teme que los sacrificios no puedan restaurarlo plenamente, porque no había sacrificio que pudiera expiar sus pecados premeditados de adulterio y asesinato (Éxo. 21:14; Lev. 20:10).
Únicamente la gracia divina incondicional podía aceptar el “corazón contrito y humillado” de David como sacrificio, y devolverle la armonía con Dios (Sal. 51:16, 17). Al pedir la purificación con hisopo, quiere volver a la presencia de Dios.
Lunes 12 de febrero
El arrepentimiento de David fue sincero y profundo. No hizo ningún esfuerzo para aminorar su crimen. Lo que inspiró su oración no fue el deseo de escapar a los castigos con que se le amenazaba. Pero vio la enormidad de su transgresión contra Dios; vio la depravación de su alma y aborreció su pecado. No oró pidiendo perdón solamente, sino también pidiendo pureza de corazón. David no abandonó la lucha en su desesperación. Vio la evidencia de su perdón y aceptación, en la promesa hecha por Dios a los pecadores arrepentidos…
Este pasaje de la historia de David rebosa de significado para el pecador arrepentido. Es una de las ilustraciones más poderosas que se nos hayan dado de las luchas y las tentaciones de la humanidad, y de un verdadero arrepentimiento hacia Dios y una fe sincera en nuestro Señor Jesucristo. A través de todos los siglos ha resultado ser una fuente de aliento para las almas que, habiendo caído en el pecado, han tenido que luchar bajo el peso agobiador de su culpa. Miles de los hijos de Dios han sido los que, después de haber sido entregados traidoramente al pecado y cuando estaban a punto de desesperar, recordaron como el arrepentimiento sincero y la confesión de David fueron aceptados por Dios, no obstante haber tenido que sufrir las consecuencias de su transgresión; y también cobraron ánimo para arrepentirse y procurar nuevamente andar por los senderos de los mandamientos de Dios.
Quienquiera que bajo la reprensión de Dios humille su alma con la confesión y el arrepentimiento, tal como lo hizo David, puede estar seguro de que hay esperanza para él. Quienquiera que acepte por la fe las promesas de Dios, hallará perdón. Jamás rechazará el Señor a un alma verdaderamente arrepentida
(Historia de los patriarcas y profetas, pp. 785, 786).
Debemos recordar que todos cometen equivocaciones. Aun hombres y mujeres que han tenido años de experiencia a veces yerran. Pero Dios no los abandona a causa de sus errores: a cada descarriado hijo o hija de Adán, les da el privilegio de otra oportunidad.
Jesús se complace en que vayamos a él como somos, pecaminosos, impotentes, necesitados. Podemos ir con toda nuestra debilidad, insensatez y maldad y caer arrepentidos a sus pies. Es su gloria estrecharnos en los brazos de su amor, vendar nuestras heridas y limpiarnos de toda impureza.
Miles se equivocan en esto: no creen que Jesús les perdona personal e individualmente, No creen al pie de la letra lo que Dios dice. Es el privilegio de todos los que llenan las condiciones, saber por sí mismos que el perdón de todo pecado es gratuito. Alejad la sospecha de que las promesas de Dios no son para vosotros. Son para todo pecador arrepentido. Cristo ha provisto fuerza y gracia para que los ángeles ministradores las lleven a toda alma creyente. Ninguno hay tan malvado que no encuentre fuerza, pureza y justicia en Jesús, que murió por los pecadores. Él está esperándolos para cambiarles los vestidos sucios y corrompidos del pecado por las vestiduras blancas de la justicia; les da vida y no perecerán (The Faith I Live By, p. 134; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 136).
La gran aflicción del salmista está relacionada con sus propios pecados y los de su pueblo (Sal. 130:3, 8). Los pecados del pueblo son tan graves que amenazan con separarlo de Dios para siempre (Sal. 130:3). Las Escrituras hablan de los registros de los pecados que se guardan para el Día del Juicio (Dan. 7:10; Apoc. 20:12), y de los nombres de los pecadores que se borran del Libro de la Vida (Éxo. 32:32; Sal. 69:28; Apoc. 13:8).
El salmista apela así al perdón de Dios, quien eliminará el registro de los pecados (Sal. 51:1, 9; Jer. 31:34; Miq. 7:19). Sabe que “Dios no es airado por naturaleza. Su amor es eterno. Su ‘ira’ solamente se despierta cuando el hombre no aprecia su amor. [...] El propósito de su ira no es herir, sino curar al hombre; no destruir, sino salvar a su pueblo del Pacto (ver Ose. 6:1, 2)” (Hans K. LaRondelle, Deliverance in the Psalms [Berrien Springs, MI: First Impressions, 1983], pp. 180, 181). Notablemente, es la disposición de Dios a perdonar los pecados, y no a castigarlos, lo que inspira reverencia a Dios (Sal. 130:4; Rom. 2:4). La adoración auténtica se construye sobre la admiración del carácter de amor de Dios, no sobre el temor al castigo.
Los hijos de Dios son llamados a esperar en el Señor (Sal. 27:14; 37:34). La palabra hebrea leqavot (‘esperar’) podría significar etimológicamente “estirarse”, y es la raíz de la palabra hebrea para “esperanza”. Por lo tanto, esperar al Señor no es entregarse pasivamente ante circunstancias miserables, sino más bien es “estirarse” lleno de esperanza o ilusionarse con la intervención del Señor. La esperanza del salmista no se basa en su optimismo personal, sino en la Palabra de Dios (Sal. 130:5). La espera fiel en el Señor no es en vano porque, tras la noche oscura, llega la mañana de la liberación divina.
Observa cómo la súplica personal del salmista se convierte en la de toda la comunidad (Sal. 130:7, 8). El bienestar personal y el de todo el pueblo son inseparables. Por ende, no oramos únicamente por nosotros mismos, sino por la comunidad. Como creyentes, formamos parte de una comunidad, y lo que impacta en una parte de la ella repercute en todos.
Martes 13 de febrero
JAH, si mirares a lo pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado. Salmo 130:3, 4
Para aquellos que se han desviado del camino el Señor ofrece palabras de ánimo. Aceptará sus oraciones si se arrepienten y convierten. Por medio del infinito sacrificio de Cristo y por fe en su nombre pueden beneficiarse con el cumplimiento de las promesas de Dios. Los hijos de Adán pueden llegar a ser hijos de Dios.
¡Oh, cuán agradecidos debiéramos estar de que al asumir Cristo la naturaleza humana, los hombres caídos puedan recibir una segunda oportunidad! Cristo los ubica en terreno ventajoso. Al relacionarse con él pueden ser colaboradores de Dios. Por medio de la gracia que cada día les da Cristo, pueden ser elevados y ennoblecidos hasta llegar a ser hijos e hijas de Dios. Tal amor no tiene parangón
(Cada día con Dios, p. 253).
Los hombres pueden decir: “Te perdono todos los agravios que me has hecho”, y su perdón no borrará un solo pecado. Pero la voz que resuena desde el Calvario: “Hijo mío, hija mía, tus pecados te son perdonados”, es completamente eficaz. Solamente esa palabra tiene poder y despierta gratitud en el corazón agradecido. Tenemos un Mediador. No hay más que un canal de perdón y ese canal está siempre abierto. Por medio de él un torrente abundante de misericordia divina y perdón se derrama sobre nosotros…
Muchos han expresado su asombro de que Dios exigiera que los judíos mataran tantas víctimas como ofrenda de sacrificio, pero él debía grabar en sus mentes la excelsa y solemne verdad de que sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados…
Nunca veremos ni comprenderemos la profunda angustia de los sufrimientos del inmaculado Cordero de Dios hasta que palpemos cuán hondo es el abismo del cual hemos sido rescatados, qué atroz es el pecado del cual la humanidad es culpable, y por fe nos apoderemos del perdón total y completo
(Alza tus ojos, p. 217).
Si cometéis un error, trocad vuestra derrota en victoria. Si se las aprende bien, las lecciones que Dios envía imparten ayuda oportuna. Pongan su confianza en Dios. Oren mucho y crean. Si confían, esperan, creen y se aferran de la mano del poder infinito, serán más que vencedores.
Los verdaderos obreros andan y trabajan por la fe. A veces se cansan de observar el lento progreso de la obra, cuando la batalla ruge entre las potestades del bien y el mal. Pero si se niegan a aceptar el fracaso o a desalentarse, verán disiparse las nubes y cumplirse la promesa de la liberación. A través de la neblina con que Satanás los ha rodeado, verán resplandecer los brillantes rayos del Sol de justicia…
Aguarden, no con ansiedad inquieta, sino con fe indómita y confianza inconmovible (Testimonios para la iglesia, t. 7, pp. 232, 233).
Salmos 113 y 123 alaban la majestad y la misericordia del Señor. La majestad del Señor se revela en la grandeza de su nombre y en el lugar exaltado de su Trono, que está por encima de todas las naciones y de los Cielos (Sal. 113:4, 5; 123:1). “¿Quién es como el Señor, nuestro Dios?” (Sal. 113:5) es una declaración de fe de que ningún poder dentro o fuera del mundo puede desafiar al Dios de Israel.
Las inalcanzables alturas donde habita el Señor se ilustran al señalar que el Señor está dispuesto a “humillarse” o que “se digna contemplar los cielos y la tierra” (ver Sal. 113:6, NVI; énfasis añadido). El hecho de que Dios habite en las alturas no le impide ver lo que ocurre aquí abajo. La misericordia del Señor se manifiesta en su bondadosa disposición a intervenir en el mundo y a salvar a los necesitados y a los pobres de sus problemas. Es evidente que su mano generosa no está oculta a sus siervos, aunque su morada esté en los Cielos lejanos.
La grandeza y el cuidado de Dios, que no pueden discernirse plenamente en la asombrosa trascendencia de Dios, se hacen explícitos en las obras de misericordia y compasión del Señor. Los necesitados, los pobres y los oprimidos pueden experimentar de primera mano el poder soberano de Dios en las notables intervenciones que él puede realizar en su favor. El Dios exaltado manifiesta su grandeza al utilizar su poder para exaltar a los abatidos. El pueblo es libre de acercarse al Señor porque su soberana majestad y supremacía no cambian el hecho de que él es su bondadoso Creador y Sustentador, y que el pueblo es su siervo, su hijo amado.
De esta manera, la adoración está motivada no solamente por la magnificencia de Dios, sino también por su bondad. La alabanza no está limitada por el tiempo ni el espacio (Sal. 113:2, 3). La grandeza y la misericordia de Dios se manifiestan mejor en Jesucristo, que estuvo dispuesto a descender del Cielo y ser abatido hasta la muerte en la Cruz para elevar a la humanidad caída (Fil. 2:6-8). Allí, en la Cruz, tenemos las máximas razones para adorar y alabar a Dios por lo que ha hecho por nosotros.
Miércoles 14 de febrero
No es la manifestación de su gracia [de Dios], terrible majestad y poder sin parangón lo que nos dejará sin excusa si le rehusamos nuestro amor y nuestra obediencia. Es el amor, la compasión, la paciencia, la longanimidad que ha manifestado lo que testificará en contra de aquellos que no han ofrecido el servicio voluntario de sus vidas. Los que se convierten a Dios con corazón, alma y mente, encontrarán en él apacible seguridad
(Hijos e hijas de Dios, p. 21).
Necesitamos alabar más a Dios por su “misericordia” “y sus maravillas para con los hijos de los hombres”. Salmo 107:8… Constantemente estamos recibiendo las misericordias de Dios y, sin embargo, ¡cuán poca gratitud expresamos! ¡cuán poco le alabamos por lo que ha hecho en nuestro favor!…
Nuestro Dios es un Padre tierno y misericordioso… Dios no quiere que sus hijos, a los cuales proporcionó una salvación tan grande, obren como si él fuera un amo duro y exigente. Él es nuestro mejor amigo; y cuando le adoramos quiere estar con nosotros, para bendecirnos y confortarnos llenando nuestro corazón de alegría y amor. El Señor quiere que sus hijos hallen consuelo en servirle y más placer que fatiga en su obra. Él quiere que quienes vengan a adorarle se lleven pensamientos preciosos acerca de su amor y cuidado, a fin de que estén alentados en toda ocasión de la vida y tengan gracia para obrar honrada y fielmente en todo.
Debemos reunirnos en torno a la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción. Debemos recordar todas las bendiciones que recibimos de Dios; y al cerciorarnos de su gran amor, debiéramos estar dispuestos a confiar todas las cosas a la mano que fué clavada en la cruz en nuestro favor
(El camino a Cristo, pp. 103, 104).
“La hora viene —dijo él—, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren…
La religión no ha de limitarse a las formas o ceremonias externas. La religión que proviene de Dios es la única que conducirá a Dios. A fin de servirle debidamente, debemos nacer del Espíritu divino. Esto purificará el corazón y renovará la mente, dándonos una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obediencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto. Es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada toda oración sincera, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. Él busca adoradores tales. Espera para recibirlos y hacerlos sus hijos e hijas (El Deseado de todas las gentes, pp. 159, 160).
Salmo 103 enumera las múltiples bendiciones del Señor. Las bendiciones incluyen “todas las cosas buenas” (Sal. 103:2, NTV) para una vida próspera (Sal. 103:3-6). Estas bendiciones se basan en el carácter misericordioso de Dios y en su fidelidad al pacto con Israel (Sal. 103:7-18). El Señor “se acuerda” de la fragilidad y la fugacidad humanas, y se compadece de su pueblo (ver Sal. 103:13-17).
El recuerdo es algo más que una mera actividad cognitiva. Implica un compromiso que se expresa en la acción: Dios libera y sostiene a su pueblo (Sal. 103:3-13). Las poderosas imágenes de Salmo 103:11 al 16 ilustran la inconmensurable grandeza de la gracia de Dios, que únicamente puede compararse con la infinita inmensidad de los cielos (Isa. 55:9).
¿Cómo debe responder el hombre a la bondad de Dios?
En primer lugar, bendiciendo al Señor (Sal. 103:1, 2, RVR 1960).
La bendición se entiende generalmente como un acto de otorgar beneficios materiales y espirituales a alguien (Gén. 49:25; Sal. 5:12). Puesto que Dios es la Fuente de todas las bendiciones, ¿cómo pueden los seres humanos bendecir a Dios? Alguien inferior puede bendecir a un superior como forma de agradecerle o alabarlo (1 Rey. 8:66; Job 29:13). Dios bendice a las personas confiriéndoles el bien, y las personas bendicen a Dios alabando el bien que hay en él; es decir, reverenciándolo por su carácter misericordioso.
En segundo lugar, al recordar todos sus beneficios y su Pacto (Sal. 103:2, 18-22), al igual que el Señor recuerda la débil condición humana y el pacto con su pueblo (Sal. 103:3-13). Recordar es un aspecto esencial de la relación entre Dios y su pueblo. Del mismo modo que Dios recuerda sus promesas al pueblo, el pueblo debe recordar la fidelidad de Dios y responderle con amor y obediencia.
Con esta idea en mente, estas famosas palabras de Elena de White son muy apropiadas: “Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión en la contemplación de la vida de cristo. Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales. Mientras nos espaciemos así en su gran sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será más constante, se reavivará nuestro amor y seremos más profundamente imbuidos de su espíritu. Si queremos ser salvos al fin, debemos aprender la lección de penitencia y humillación al pie de la Cruz” (El Deseado de todas las gentes, p. 63).
Jueves 15 de febrero
“Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias”. Salmo 103:1-4.
Dios nos ha dado el don del habla para que podamos relatar a otros cómo él nos trata, para que su amor y compasión pueda conmover a otros corazones, y que de otras almas puedan elevarse también alabanzas a Aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable. El Señor ha dicho: “Vosotros sois mis testigos”. Isaías 43:10. Pero todos los que son llamados a testificar por Cristo, deben aprender de él a fin de ser testigos eficientes. Como hijos del Rey celestial, deben educarse para dar testimonio en voz clara y distinta, y de tal manera que nadie pueda recibir la impresión de que les cuesta hablar de la misericordia del Señor
(Consejos para los maestros, p. 230).
Por nosotros [Jesús] soportó la agonía del Huerto de Getsemaní… Oh, ¿por qué todo este sufrimiento, esta ignominia y torturante agonía? Fue para que mediante el sacrificio de sí mismo pudiera revelarse su amor, para que pudiera apartar a los hombres de los caminos del pecado. Después de que hayamos costado tanto al Salvador, ¿lo dejaremos ahora? ¡Oh, no, no! Fiel es el que ha prometido; sus brazos están extendidos para recibir en su corazón de amor a los creyentes arrepentidos, con toda la ternura del afecto divino. En Jesús tenemos un amigo perdurable e inmutable, y aunque todas las perspectivas terrenales fracasen y todo amigo terrenal resulte traicionero, él sigue siendo fiel.
Sus siervos son tan queridos para él como la niña de sus ojos. En la prueba, en la necesidad, en la perplejidad y en la angustia, no estamos solos; a cada paso, en tono seguro y consolador, él nos pide: “Sígueme”. “Nunca te dejaré ni te desampararé
(Manuscript Releases, t. 12, p. 115).
La historia bíblica sostiene al corazón que desmaya con la esperanza de la misericordia divina. No necesitamos desesperarnos cuando vemos que otros lucharon con desalientos semejantes a los nuestros, cayeron en tentaciones como nosotros, y sin embargo recobraron sus fuerzas y recibieron bendición de Dios. Las palabras de la inspiración consuelan y alientan al alma que yerra. Aunque los patriarcas y los apóstoles estuvieron sujetos a las flaquezas humanas, por la fe obtuvieron buen renombre, pelearon sus batallas con la fuerza del Señor y vencieron gloriosamente. Así también podemos nosotros confiar en la virtud del sacrificio expiatorio y ser vencedores en el nombre de Jesús. La humanidad fue humanidad en todas partes del mundo, desde el tiempo de Adán hasta la generación actual; y a través de todas las edades el amor de Dios no tiene comparación (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 19).
Para estudiar y meditar: Lee Elena de White, El camino a Cristo, “Nuestra necesidad de Cristo”, pp. 15-20.
En los salmos, las voces del pueblo de Dios se unen como una sola para repetir el estribillo: “Su amor es para siempre”, en celebración del amor eterno de Dios (Sal. 106:1; 107:1; 118:1-4, 29; 136). “No alabar a Dios significaría olvidar todos sus beneficios, no apreciar los dones de Dios. Únicamente quien alaba no olvida. Pensar en Dios y hablar de él no implica necesariamente alabarlo. La alabanza comienza cuando uno reconoce la majestad y las obras de Dios y responde en adoración a su bondad, su misericordia y su sabiduría” (Hans LaRondelle, Deliverance in the Psalms, p. 178).
El significado de la confesión solemne de la misericordia perdurable de Dios adquiere un significado aún más profundo cuando recordamos que la hesed de Dios (es decir, su bondad y su fidelidad relacionadas con el Pacto) se mantiene firme e inmutable en medio del pecado humano y la rebelión contra Dios.
“Hemos pecado contra él, y somos indignos de su favor; sin embargo, él mismo ha puesto en nuestros labios la más maravillosa de las súplicas: ‘¡No nos deseches! ¡No deshonres tu trono glorioso! ¡Haz honor a tu nombre! ¡Acuérdate de tu pacto con nosotros! ¡No lo invalides!’ Cuando vamos a él confesando nuestra indignidad y pecado, él se ha comprometido a atender nuestro clamor. El honor de su Trono está empeñado en el cumplimiento de su palabra a nosotros” (Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 114).
La experiencia de que Dios ha sido misericordioso con él (Sal. 103:2) anima al salmista a decir que “el Señor hace justicia y derecho a todos los oprimidos” (Sal. 103:6). De esta manera, el objetivo final del testimonio personal del salmista, y de la alabanza de la misericordia de Dios en su vida, es transmitir seguridad a otros acerca de la bondad amorosa de Dios, para que ellos también puedan abrir su corazón a Dios y recibir su gracia salvífica y alabar a Dios (Sal. 9:11, 12; 22:22-27; 66:16).
Preguntas para dialogar:
Viernes 16 de febrero
Alza tus ojos, 16 de enero, “Resultados de la renovación interior”, p. 28;
Mensajes selectos, t. 1, “Aparezca Cristo”, pp. 182, 183.